Siempre quisimos cruzarnos a Darío en alguna manifestación y preguntarle por qué hizo lo que hizo. Cada vez que salimos a la calle pensamos que lo vamos a ver, con su pelo negro, su barba desprolija y sus ojos claros y nos vamos a acercar, tímidxs, a darle un abrazo y sacarnos esa duda que nos carcome hace 19 años.

“¡Darío, compa! ¿Qué hacés, tanto tiempo?”, vamos a decirle entre esas sonrisas que solo conocemos quienes, efectivamente, nos cruzamos con compañerxs en la calle. Y después de cruzar algunas palabras nos vamos a animar: “Che, necesitamos preguntarte algo: ¿Por qué volviste? Ya estabas salvado, podías vivir para vengar la muerte de Maxi, pero volviste sobre tus pasos y te arrodillaste al lado de él, que se desangraba en el suelo, solo. Y cuando apareció Fanchiotti le pediste que no tire, que el compañero estaba herido. ¿Por qué?”.

Esa pregunta nunca va a tener respuesta, porque Fanchiotti fusiló a ese Darío que con una mano en alto pedía que no tire. Y el policía tiró. Y otros policías se sacaron fotos con su cuerpo cubierto de sangre como un cazador luce su presa. Y Darío no está más: no lo vamos a cruzar en la calle, ni vamos a ver a los lejos su pelo negro, su barba desprolija y sus ojos claros agitando con el movimiento piquetero.

El 26 de junio de 2002 empezó mucho antes. No fue un evento espontáneo. No fue una casualidad. Y tuvo sus consecuencias -no políticas, claro, porque los políticos nunca pagan por la sangre que mancha sus manos. Pero dejó marcado a fuego un acto, un hecho, un arrojo: lo que el verdadero compañerismo es.

Maximiliano Kosteki tenía 22 años y participaba hacía solo semanas en el Movimiento de Trabajadores Desocupados. El piquete en Puente Pueyrredón era su debut en las barricadas de gomas ardiendo. Darío era dos años menor, pero con más experiencia en la militancia: desde adolescente se organizaba en su barrio y escuela. No se conocían, no eran amigos, nada indica que alguna vez se hayan cruzado; pero los unía una categoría que humilla a todas las otras posibles: eran compañeros en la calle.

En esos años, como en todos los anteriores y posteriores, la represión era la respuesta de las autoridades frente a la demanda popular. Algún tiempo antes, es cierto, se había logrado cierta dialéctica entre los movimientos y el Estado: las organizaciones reclamaban y el Estado entregaba unos cuantos planes sociales. Insuficientes, siempre. Pero mantenía un diálogo. Hasta que alguien pensó que esa estrategia solo beneficiaba al fortalecimiento de las organizaciones y decidió que, mejor, bala.

Lo que sucedió el 26 de junio de 2002 es sabido: la Bonaerense, la Federal, Gendarmería y Prefectura recibieron la orden de liberar el Puente. Y no hay perro más obediente que la Policía Bonaerense. Si hay sacar a estos piqueteros, los sacamos a cualquier precio. Y el precio, evidentemente, fue alto. Pero nadie lo pagó. O sí: los mismos de siempre, quienes ponen el cuerpo. Nunca los responsables materiales ni políticos.