Hay un día específico para que se entienda que hay que cuidarla, como si los incendios, las inundaciones y los cambios bruscos de temperatura no fueran suficientes.

En nuestro país sobran ejemplos que no son equivalentes con preservarla: humedales y bosques quemados, campos fumigados, ríos contaminados por mineras o por fábricas que tiran desechos, un mar en el que se busca petróleo de la manera menos amable, sequías extremas, cemento donde debería ir un espacio verde, deforestación y un sinfín de daños que no se ponen en agenda mediática o social.

Siempre hay algo más importante, y está bien que otros temas ocupen las tapas de los diarios, pero nos acordamos un poco tarde cuando ya la crisis climática nos toca los pies. No por nada el humo de Rosario empieza a incomodar cuando llega a CABA y no antes. Quizás el día que tengamos las napas del Río de la Plata contaminadas, ahí podremos entender y hacernos eco de la lucha de Andalgalá o del pueblo de Chubut, por poner tan solo un par de ejemplos.

El cuidado de la naturaleza no puede quedarse en regar las plantas del balcón o que algún gobierno de turno reparta bolsas ecológicas. Empezar a cuestionar a las mega empresas que vienen a quedarse con todo es un gran paso. Hay que romper el cerco de una vez por todas.