Son las 9:30 am de un viernes. En una videollamada colectiva de La Defe, Pablo Kleiman, abogado laboralista y docente, inicia la charla con la frase: “La abogacía es la carrera más fácil del mundo”. Abrimos los ojos, nos reímos, pensamos y reflexionamos sobre el vínculo creado a partir de una manera de entender el ejercicio de la profesión que no es el usual. Y sobre absolutamente todo, porque como dice Noam Chomsky: “Nunca fui consciente de cualquier otra opción que no fuera la de cuestionar todo” 

“Cada uno es preso de su propio tiempo histórico”

En los años 90, crisis mediante en la Argentina, los viejos de Pablo fundieron y él estudió derecho. “Y si no era en la Universidad de Buenos Aires, no podía hacerlo. El tiempo que tardé en hacer la carrera fueron 10 años cuando te dicen que si no la hacés en 5 sos un desastre. La verdad es que si uno trabaja 8 hs. por día, milita y estudia, no puede. La facultad nos prepara para ‘el abogado exitoso y millonario’ y no todos queremos ser ese abogado. Todo el mundo necesita un abogado pero no voy a ser yo, yo voy a ser el abogado de los trabajadores. No podríamos ser abogados de cualquier persona o cualquier causa. Por eso lo importante es cómo encaramos el ejercicio. Y tenemos que juntarnos más entre nosotros, por eso es tan importante el laburo multidisciplinario”, comenta Pablo. Esta conversación, como esta nota y como el ejercicio diario en sí, excede lo jurídico; tiene que ver con las relaciones de producción, el sistema capitalista y las relaciones humanas.

“Todo el tiempo vemos una transferencia millonaria de los trabajadores a los empleadores”

Cuando hay miles de millones de pesos que se transfieren en todo el sistema de las relaciones de trabajo, se genera que los salarios mínimos se vayan al demonio y haya un montón de desocupados. “Incluso los Potenciar Trabajo”, explica Pablo. “Casi toda la gente que está enmarcada en ese programa tendría que ser empleada en otros términos. Se paga medio salario mínimo a gente que está pavimentando la calle, dando clases en un bachillerato o haciendo la olla en un comedor popular. Todas esas son obligaciones del Estado y deberían ser pagadas con un sueldo acorde del Estado. Pero no, se pagan $11.300”. ¿Qué podemos hacer para visibilizar esto?

“Hay una naturalización de que los pobres merecen cosas de segunda, como un acceso a una justicia de segunda”

En la vorágine y entre las palabras, estamos tan acostumbrados a que las cosas sean así que ni nos indigna mucho. Pero casi todo lo que no se entiende, está hecho a propósito. “Los jueces podrían escribir más claro”, por ejemplo. Sino pensemos en lo que le sucedió a Pablo y muchos otros estudiantes en el último año de la carrera: “las prácticas de derecho”, donde tienen que atender a personas que poseen bajos recursos; “Poneme a atenderlos cuando me reciba. Ah no, claro, total si nos confundimos es con pobres, ¿dónde se van a quejar? Esa es la lógica, una situación de mucha vulnerabilidad donde las personas deben contar situaciones adelante de 30 personas”. Esas clases bajas son las que viven poniendo guita para los impuestos. “Pagan el gas más caro porque deben usar garrafa, compran agua envasada -si pueden- porque la suya no es potable; y no olvidemos que más del 56% de los pibes de 0 a 14 años son pobres. Hablando de naturalizar cosas, ¿qué proyecto de país podemos tener con una niñez pobre? Hay una naturalización de que los pobres merecen cosas de segunda, entre esas cosas, está el acceso a una justicia de segunda”.

 “El Ministerio de Trabajo históricamente es la gerencia de Recursos Humanos de las grandes empresas, no importa quien gobierne”

Mientras pensábamos en el lenguaje, nos detuvimos en la redacción de un DNU. “Tampoco se entiende, es intencionado y parte del sistema. De hacerse el boludo con la situación”. Y sucede en todos los estratos de poder dentro del Estado. Por ejemplo, para Pablo, “El Ministerio de Trabajo históricamente es la gerencia de Recursos Humanos de las grandes empresas, no importa quien gobierne. Cumple un rol de statu quo y de cerrar siempre con lo mismo para mantener el modelo sindical, facilitarle las cosas a los sindicalistas amigos que podrán ser mejores que los de otros gobiernos pero no dejan de decirnos cómo nos organizamos los laburantes y hay un pánico a que decidamos cómo, dónde y quiénes son nuestros representantes”. Así, concluímos en que tenemos que ser los trabajadores los que decidamos cómo y dónde nos queremos organizar. ¿Cómo hacemos? Lo estamos construyendo. “Porque cada vez que queremos un derecho cuesta sangre, lamentablemente son las condiciones que nos ponen ellos”.

“Siempre la construcción es colectiva”

Y en eso estamos en La Defe. Pensando cómo descolonizar la abogacía y aportar a la contracultura, ejerciendo. Pero es una tarea de todos “pensar el sistema de trabajo multidisciplinariamente y poner sobre la mesa ciertos debates. No tengo duda que aportamos un grano de arena, pero a veces el grano que aportamos en la vida de la gente que nos toca representar, es una playa de arena. Todos somos productos colectivos al fin y al cabo, todas las ideas son por las vivencias que tengo y las personas con las que interactúo”, cierra -o abre-, Pablo. ¿Y cuántas veces tenemos que volver a explicar lo obvio? hasta que lo masifiquemos y se entienda. Son las 11:30 am de un viernes. Y entonces, sigamos.