Quien pase de madrugada por la puerta de Casa Rosada podrá conocer uno de los mayores símbolos del poder estatal de nuestro país, íntimo. Un edificio enorme, iluminado, imponente. Histórico. A esa hora en que la ciudad es silenciosa y calma la casa rosada parece detenerse en la mitad de la noche a esperar un nuevo día de trajines y tragedias, intereses turbios, apuros y decisiones que se tomarán allí y que difícilmente sean en favor de las mayorías que transitan las calles de ésta ciudad todos los días, a cualquier hora, con cualquier clima: Sus laburantes.

Pero algo rompe la imágen de opulencia y grandeza que el edificio transmite.

En el estacionamiento de la mismísima Casa Rosada, donde se dejan ver autos importados y de alta gama, a esa hora sólo hay una bicicleta a la que se le notan los años, con un candado viejo que da dos vueltas al cuadro y la mantiene pegada a la reja del poder, del lado de adentro. La bici de un laburante que cumple su jornada a esa hora a contramano del mundo y en el lugar donde se siembran intrigas de palacio y se cosecha de espaldas al pueblo.

Mientras los que toman las decisiones en este país duermen en sus cómodas camas con pijamas de lino y el aire en 24, les laburantes esencialmente invisibles (o invisibilizados), cuidan los edificios históricos, limpian las calles solitarias, amasan el pan del día, hombrean bolsas de cal y prenden los motores de los bondis que transportarán más y más laburantes a sus puestos de trabajo invisibles pero esenciales.

Ayer fue el día de los derechos humanos pero, ¿hay derechos humanos para les laburantes que cargan al mundo y su afán por producir sobre sus espaldas?

Porque ¿quién mueve al mundo sino sus laburantes, en una obscena mayoría precarizados, mal pagos y descuidados?

Montones de mujeres cada día se levantan y preparan la comida de miles de niñes en comederos y escuelas sin cobrar un peso, pues las tareas de cuidado y militancia son consideradas por excelencia poco o nada productivas.

Miles de laburantes construyen, una tras otra, torres de departamentos modernos con cableado de Telecentro en sus entrañas y laundry incluído. Vuelven con la espalda doblada a sus casas precarias del conurbano profundo sabiendo que no. Esos departamentos tampoco son para ellos o sus familias.

Cientos de serenos llegan en sus viejas bicicletas a edificios, mansiones y countries cuya “seguridad” vale más que su descanso.

Otros miles recogen cada noche la basura de la ciudad y levantan las persianas de los mercados antes que salga el sol.

Millones, haciendo lo suyo de manera cotidiana, invisible y continua garantizan el funcionamiento de todo lo que nos rodea para mantener el orden de las cosas: Que nadie los tenga en cuenta.

Pero ¿sabrán les laburantes que sin ellos este sistema no se sostiene? ¿que la única salida es de organización y lucha?

¿Se dará vuelta la tabla? Desde La Defe no sólo esperamos que sí, que claro, que pronto. También queremos contarles: Convocaremos a les laburantes a pensar, organizar y luchar cotidiana y colectivamente para eso.

Por Tamara Rossi.